La Plaza del Olivo.
Esta bonita y tranquila plaza es uno de los rincones más sosegados y relajantes de nuestro amado pueblo Santo Tomé.Hace muchos años cuando la chiquillería jugaba distendidamente, en esa plaza y en la de más abajo -entonces calle Perales, y hoy calle Cuartel- fuera de la órbita de un mundo austero; transformaba como por arte de magía la tristeza de la omnipresente y abundante sobriedad, en desbordante alegría; y llenaba de vida y lucidez la pena negra que empañaba el alma de nuestros mayores. Las vacas de Santos Palomares en su venir por la tarde a recorgese, cuando el sol próximo a hundirse en el horizonte impregnaba los campos y las casas de tenues rayos amarillos y ocres, y se respiraban mil agradables olores campestres, ponían en nuestras alocadas carreras, -comparadas con las de los "avilanejos" que describían en el cielo veloces trazados en mil direcciones como si fuesen aviones que se lanzaban al ataque de un objetivo militar al tiempo que emitían agudos gorjeos- cierto orden y tensa quietud momentánea, que nos llevaba a escondernos en el portal de las casas, parapetados tras las cortinas (que colgaban de las holgadas anillas negras soportadas de la barra de hierro no muy grueso) grises con cuatro franjas negras en la parte inferior asomando tímidamente nuestras pequeñas cabezas vigilantes, en espera de que pasara el peligro, o escondidos detrás de las esquinas de las escuelas, unos arrimados a otros temerosos de un peligro en el que en nuestra infinita imaginación se recreaba, produciendo grandes descargas de adrenalina, que debía ser quemada en cuanto desapareciesen los enormes astados, con grandes ubres, perfectamente conducidos por el gañán, que provisto de un largo y firme garrote y una afilada voz, era más que suficiente para que aquellas moles blancas con manchas negras o negras con manchas blancas ¿? sorprendentemente ágiles cuando era necesario, obedeciesen cualquier orden suya con toda presteza. Hoy ese lugar sigue teniendo un encanto especial, lleno de vida, donde los mayores merecidamente reposan de su cansada andadura y se recrean con la mirada despierta pero perdida en el tiempo, y toca su pecho un hondo sentimiento de añoranza al ver cómo los chiquillos forman la encantadora algarabía y recuerdan que un día éllos también corrieron y saltaron en ese mismo lugar, con la misma santa inocencia; y son espectadores del paso de la vida que duró un soplo. Y son el toque de inquietud y vigor necesario para armonizar una vida lugareña, envidiable con un pasado que ya se fue, y un vivo presente que se palpa. Los que ya no disponemos de la amplitud del tiempo pensamos que a pesar de que siempre nos falta algo debemos mirar el futuro con optimismo. Y así les sigo con la mirada atenta y ellos en sus correrías y saltos y risas y chillidos e ilusión desmedida, me llevan a donde yo quiero ir sin importarme el tiempo. No quiero ver el tiempo, quiero ver la vida, y siento hervir la sangre por mis venas y mi mente corre y corre tan deprisa que dejo atrás el tiempo...., y por un momento.... he vuelto a ser niño. Hoy como ayer sigo viendo el encanto que siempre tuvo este rincón que excita mis sentimientos.
Ojalá no se pierda nunca, que no se eche en el olvido, el embrujo de ese rincón, "de La Plaza del Olivo".
----------------------
Santos Lozano Sánchez