Foto: Santos Lozano Sánchez
Primera parte
RELATO CORTO.
DEJAME QUE TE CUENTE.....
UNA PEQUEÑA HISTORIA DE SANTO TOME.
Era, un sábado del invierno de 1.963.
Son las primeras horas de la mañana, y en la penumbra de las calles solitarias invadidas por un frío seco despiertan a golpe de débil luz de las bombillas en las ventanas de las casas, las chimeneas empiezan a echar humo. Las puertas de las casas empiezan a abrirse, y los primeros ruidos, las primeras palabras, las primeras voces todavía tenues de los caseros a sus animales rompiendo el silencio, abren la mañana tranquila y sosegada. En la puerta de la casa se coloca la albarda al mulo con las “amugas”, se le cargan dos sacos de abono para alimentar la tierra arada, con la semilla de la siembra en remojo o al oreo. Unas puertas más arriba el vecino saca la borrica y hace lo propio preparando el viaje a las olivas para acabar la faena que quedó pendiente ayer. En la carga; la hoz, la azada, el “escavillón,” la soga, el botijo del agua y la “barja” (con una “ensalá jitana” en la merendera tapada, tenedores de alpácar una navaja, pan, queso, chorizo, vino blanco, cubiertos con un pequeño cernadero que la mujer preparó, para que el almuerzo sea aséptico.) ambos caseros se miran y se dan los buenos días con el resuello helado, echando una pequeña humareda de vapor en cada exhalación.
La casa empieza a despertarse; las bestias preparadas para la jorndada mientras el resto del ganado comiezan a reclamar el pienso. El “marrano” en la “chitera” gruñe aún sin impertinencia, los conejos empiezan a salir de sus artesanales madrigueras, y ya roen un manojo de alfalfa recién esparcida, el gallo desde el interior del gallinero que está más caldeado, hace tiempo que avisa del nuevo día, estirando y batiendo las alas con la cabeza bien alta con hidalguía diciendo “ya viene el día”. Las gallinas, unas empieza a cacarear, otras se preparan para la puesta, y la “clueca” no levanta su pecho caliente con las alas entreabiertas sobre su nidada, mientras la temperatura sea baja. Dentro de pocos días cuando el sol apunte alto, se verá como una docena de polluelos deambularán detrás de la madre en todas direcciones, en el corral o en la puerta de la casa, y en un momento puntual todos correrán despavoridos a cobijarse bajo el cuerpo acurrucado y sus alas casi desplegadas arrastradas en el suelo, que les darán la seguridad que afanosa y rápidamente buscan, e intentará apartarles del objetivo del peligroso vuelo circular del águila, que al acecho esperará cualquier despiste para proveerse de alimento. El perro empieza a desperezarse cuando su amo hace tiempo que trasiega por todos los rincones de la casa, sus pasos y movimientos se oyen por todos lados, escaleras arriba, abajo, el ruido de los aperos, los sacos, todo preparado para partir.
Segunda parte
Los envejecidos tejados oscuros de las casas, que ondulados han cedido al tiempo brillan por la humedad helada en sus canalones, que en poco tiempo desaparecerá.
En el centro de la calle varios charcos se han helado durante la gélida noche invernal, serán la diversión de los niños que en unas horas revolotearán a su alrededor, intentando romperlos con piedras tan frías como el mismo hielo.
En el horizonte los algodonados nimbos, rojos, amarillentos y ocres, van cediendo suavemente a la bravura de la luz intensa del nuevo día.
Entonces de un salto con las manos bien asidas a la parte superior de la albarda del mulo el campesino está sentado sobre el animal que sube y baja la cabeza en señal de protesta por el peso que está soportado. Unas puertas más arriba, el vecino da un pie a la mujer y en un leve esfuerzo la iza hasta colocarla sobre la albarda de la borrica, sentada de medio lado; con una manta se tapa alrededor la cintura hasta los pies; abrigada con zapatillas de paño medias negras, y calcetines gruesos de lana, bajo una falda larga de algodón. Un chal negro de lana sobre el sayo y una blusa de punto fino tapan su torso, y sobre la cabeza un pañuelo oscuro con dibujos apenas apreciables que cubre también su cara, hacen que la mujer esté dispuesta. Él ataviadocon doble calcetín de lana, botas camperas con robusta suela de goma negra, chaqueta y pantalón de pana color tabaco, con retales asimétricos sobre las rodillas y uno en el trasero, se protege bajo la pelliza que pesa más de media arroba y encasquetándose la gorra negra empiezan a caminar con paso enjuto y la vista distraída en el frío suelo, las manos con la piel reseca en los bolsillos, y el ronzal en el hombro tira suavemente el campesino de las riendas de la borrica que le sigue resignada. Pensamientos resigandos, voluntad forzada, frente helada y sudorosa, manos agrietadas, le empujan al campesino paso a paso abriéndose camino entre el frío y la escasez de medios, en busca de la reparación de su dignidad ultrajada.
Pasan por delante de la taberna donde se oye un sordo murmullo, y los primeros cafés y copas de anís, cazalla o coñac son servidos a un grupo de jornaleros qaue con voz ronca se preparan para combatir el frío día en los bancales del llano, las anegas o los olivares. En el cielo las estrellas están cansadas y paulatinamente dejan dejan de brillar, salvo la luna y la estrella polar que se resisten a desaparecer.
Entretanto el “lucero” con una vara larga, apaga las luces, -cuyas bombillas bajo los portalámparas en forma de obtusos embudos blancos meció el cierzo durante toda la noche, bailando su luz en las fachadas mitigando la intensa oscuridad de la noche que languidecía en las esquinas y las calles ayudando al transeúnte a evitar un tropiezo-, girando el interruptor en forma de una te, una tras otra, para cumplir el edicto del Ayuntamiento y ahorrar la poca energía eléctrica que les llega de la primera red existente en toda su historia, en un pais que empieza a resurgir de las cenizas de la destrucción del hombre contra el hombre.
Tercera parte.
Por la vereda, hacia el Cerro de las Albahacas la borrica que conoce el camino perfectamente, de momento ha tomado la delantera a su amo que sin inmutarse se la cede; tiene prisa por llegar para aligerar la carga aunque sea leve, pero al cabo de un rato cuando los primeros rayos del sol les acarician, la borrica que es vieja, paulatinamente va aflojando el paso más y más, y se queda dormida, siendo necesario un golpe sobre la albarda un vaivén de la amable amazona, con un leve taconazo en el ijar, al tiempo que al pronunciar dos altisonantes voces su amo, despierte de su sopor y aligere ostensiblemente.
La escarcha de la noche sucumbe a los rayos ultravioleta, y se convierte en rocío, que alimentará a los cardos, pitas, alcaparrones y demás plantas rastreras que enmarcan el camino, y junto a algunas higueras, en unos puntos o alamedas en otros, armonizan con olivares, bancales y barbechos un paisaje inigualable, que desde el cerro dominan el conglomerado de colores que va desde el intenso verde hierba junto a las anegas del “Reato”, al suave y plateado del olivar y el azul natural de la sierra, cuya leve bris en forma de niebla al pie de ésta, se va diluyendo dando respetuosamente paso al ya claro día.
Esto hace que aquellos seres recobren bríos y sientan cómo el insinuante calorcillo se deja sentir en la piel de la cara todavía fría y en un instante de propiciada concentración, extienden la vista sobre el impresionante panorama que sus ojos pueden captar hasta el horizonte, que aunque acostumbrados por muchos años de contemplación, siempre les atrajo, y en silencio se empapan de su fulgurante atractivo.
En la mitad del camino, el mulero que poco le falta para llegar a la parcela, se cruza con un paisano al que saluda con una cortés y amistosa mirada, y un suave “ea” alargando la “a” de forma melódica, y el otro le responde de la misma forma con un enterado y cómplice “ea” alargando fonéticamente la “a” con el significado de buenos días.
Y así se ha ido levantando el pueblo a las claras del día, que habrá de ser de lucha infatigable, obligado sacrificio e inalterable ánimo.
Fue un día más en Santo Tomé.
Autor del texto: Santos Lozano Sánchez.