Foto: Antonio Lozano
Santo Tomé vigila los cerros de Úbeda, mientras el sol de la mañana llena de luz el día, y en el silencio surca los cielos en circular vuelo el águila que bajó de las montañas de la sierra, recorriendo plácida y serena los mares de olivos dibujados en hileras verdes y blancas para proveerse el sustento; y... brillan los reflejos de la nieve en la cima de la sierra de Cazorla y La Iruela; y.... con mirada abstraída contempla la altanería de su amigo y vecino Iznatoraf, testigo fiel de la historia, que junto a Villacarrillo y Villanueva caminaron juntos el pasar del tiempo; y.... tras el cerro de las Albahacas se da la mano con Peal de Becerro, y siente a Quesada, mora o cristiana, cristiana o mora qué más da, escondida entre la sierra.
Y en el crepúsculo, cuando todo ser viviente se regocija en la fresca, cuando en el horizonte un manto de amarillos ocres y rojos bañan los campos y las casas, cuando el aire se carga de mil aromas mil olores que excitan mis papilas olfativas, revolucionan mis sentidos, y apaciguan mis temores; cuando en el río el agua fresca baña mis manos y mi cara, viendo como la silenciosa corriente pasa inalterable, buscando el remanso para enseñorearse ante la mirada abstraída de todo el que se para a contemplarla; Santo Tomé se llena de embrujo, te rodea, te atrapa y sientes el abrazo, y te dejas acariciar por su fuerza tan tierna como suave que te envuelve cual aura dulce y delicada, que te llena, te emborracha, te absorbe y te ata.